jueves, 29 de diciembre de 2011

Canciones tristes (cantadas como si fueran alegres) 10*

ctccsfa10

Oficina iluminada débilmente. Entra Emilio.

Emilio: Soy un fantasma. Es inútil tratar de verme.

Algunas cosas han cambiado ahí afuera. Nada que merezca la pena ser comentado con detalle, ahora lo sé. Todo lo que nos interesa ocurre aquí. En esta pequeña antesala de mi oficina. Hay tres sillones y una mesa ratona con revistas amarillentas. Una delicada palmera artesanal nos recuerda lo patético que resultan los intentos de traspolar experiencias de otras latitudes a una región tan penosa como la nuestra.

En uno de los sillones está sentado Roberto. ¿Se acuerdan de él?

Lleva puesto ese traje viejo y arrugado.

En el otro sillón está sentado un tal Ordóñez. Aunque está vestido de civil, es policía.

Los dos tienen la mirada perdida. Se mueven cada tanto como para que no se les acalambren sus cuerpos.

De fondo, en un volumen muy bajo se escucha una espantosa música funcional.

¡Música!

Se escucha "Un muchacho como yo". Emilio sale..

Ordóñez: ¿Afuera es de día todavía?

Roberto: No sé. Hace bastante que estoy acá.

Ordóñez: Como yo.

Pausa.

Ordóñez: Ya nos van a atender. De un momento a otro.

Roberto: Seguro.

Pausa.

Ordóñez: Lo que pasa es que hay mucho por hacer. La anomia en estos últimos años fue total. Lo sé muy bien por las funciones que desempeñaba en aquella época.

Roberto: ¿Usted qué hacía?

Ordóñez: No viene al caso. Pero créame. La anomia fue total. Total. Lo que ocurre es que cuando se debilita de tal modo el funcionamiento institucional de una nación, las cosas no pueden andar bien.

Roberto: Supongo que no.

Pausa.

Ordóñez: Lo estoy aburriendo con mi palabrerío, ¿no?

Roberto: Para nada.

Ordóñez: Hablo demasiado. Lo sé. Ocurre que...

Roberto: ¿Qué le pasó en el brazo?

Pausa.

Ordóñez: ¿Por qué lo pregunta? Yo...

Roberto: Disculpe. No quería molestarlo.

Ordóñez: Un procedimiento.

Roberto: Usted era policía entonces.

Ordóñez: ¿Ve? No puedo ocultarlo.

Roberto: Ojo que no parecía, ¿eh? Si no me decía lo de "procedimiento", ni me daba cuenta.

Ordóñez: El lenguaje, señor. Nuestra peor cárcel. ¿No lo cree?

Roberto: No sé nada de ese tema.

Pausa.

Ordóñez: ¿Usted lo conoce?

Roberto: ¿A Bolaños? Sí... un poco.

Ordóñez: ¿En serio? ¡Qué lujo, señor!

Roberto: Hace mucho que no lo veo igual.

Ordóñez: Es un hombre tan interesante. Tiene tantas... Tantas...

Roberto: ¿Palabras?

Ordóñez: Eso: tiene palabras.

Roberto: Sí, sí... Un montón tiene.

Ordóñez: ¡Qué hombre!

Pausa.

Roberto: Usted también lo conoce.

Ordóñez: No, ojalá. Apenas si tengo alguna relación con un asistente suyo...

Roberto: Tiene asistente entonces.

Ordóñez: Claro. Muchos, debería tener. No da abasto.

Pausa.

Ordóñez: Espero que pueda ayudarme. ¿Usted cree que lo tomará a mal? Usted lo conoce, no sé... Tal vez sepa de qué manera me conviene...

Roberto: ¿Cómo fue lo del brazo?

Pausa.

Ordóñez: Usted quiere saber. Bueno... Se me... Se me disparó una escopeta.

Roberto: ¿Cazando?

Ordóñez: No. Ya le dije que era un procedimiento.

Pausa.

Ordóñez: ¿Y usted a qué se dedica?

Roberto: Yo era músico.

Ordóñez: Es músico, querrá decir.

Roberto: No, no: era.

Ordóñez: No puede ser: nadie deja de ser músico.

Roberto: Es que no toco. Hace más de un año que no toco.

Ordóñez: Profesionalmente, querrá decir.

Roberto: No toco.

Ordóñez: ¿Ni en su casa?

Roberto: Ni en mi casa. No hay manera.

Ordóñez: Lo entiendo: los artistas tienen momentos en los que...

Roberto: No tengo piano. Tuve que venderlo.

Pausa.

Ordóñez: A lo mejor Bolaños lo puede ayudar. El es un ser de una infinita sensibilidad. Sin ir más lejos, mi amigo me contó que...

Roberto: ¿Y cómo fue el procedimiento en el que perdió el brazo?

Pausa.

Ordóñez: Cómo fue quiere saber.

Roberto: Sí, sí. Cómo fue.

Ordóñez: Un traslado de prisioneros. Algo de rutina. Hace ya muchos años.

Roberto: ¿Y por qué llevaba escopeta? Digo, para trasladar prisioneros...

Pausa.

Ordóñez: Fue hace muchos años.

Roberto: ¿Cuántos? ¿Cuántos años?

Ordóñez: Muchos.

Roberto: Más de diez.

Ordóñez: Sí.

Roberto: ¿Quince?

Ordóñez: No sé... No me acuerdo bien...

Roberto: En algún basural, tal vez.

Pausa.

Roberto: Está transpirando. ¿Quiere un pañuelo?

Ordóñez: Gracias... Yo no sabía... Era muy joven. Yo le juro que... Era la... La...

Roberto: La anomia...

Ordóñez: No sabía yo. Y no podía además... Le juro que yo... Me tengo que ir.

Roberto: Se va a ir sin ver a Bolaños. Una pena.

Ordóñez: No faltará ocasión. Ahora yo no puedo. No es posible...

Ordóñez sale. Entra Emilio.

Emilio: Se abre la puerta de la oficina y entro yo. Sí, ya sé: estoy algo más gordo. Y este traje nuevo me hace parecer otra persona. A lo mejor soy otra persona. Cuando vi su nombre en la lista no lo podía creer. Pero está ahí. Pálido. De pie. Arreglándose la ropa como un tarado.

Roberto: Emilio...

Emilio: ¿Roberto? Qué sorpresa... Me vienen a ver lúmpenes de toda clase, punteros caídos en desgracia, trepadores sin suerte... Pero artistas no. Un artista de tu nivel, además...

Roberto: Tanto tiempo.

Emilio: Apenas un año.

Roberto: Eso es mucho tiempo acá.

Pausa.

Roberto: Linda oficina.

Pausa.

Emilio: No es mía. Es del pueblo.

Roberto: Linda, la oficina del pueblo.

Emilio: El pueblo siempre elige bien.

Silencio prolongado.

Emilio: ¿Y la música?

Roberto: Ahí anda.

Emilio: Capaz que sos una estrella y yo ni me enteré... Estuve un poco ocupado estos últimos meses.

Roberto: No te perdiste nada. No te preocupes.

Silencio prolongado.

Roberto: ¿No me invitás a pasar?

Emilio: No. ¿A qué viniste? Estoy ocupado.

Roberto: Me imagino.

Pausa.

Roberto: La verdad... No sé...

Emilio: Volvé cuando sepas, mejor.

Roberto: No sé qué decirte.

Emilio: No cambió nada entonces.

Roberto: Pasó un año, apenas.

Emilio: Eso es mucho tiempo acá.

Silencio prolongado.

Roberto: Tuve miedo.

Emilio: ¿Y pensás que yo no?

Roberto: No parecía.

Emilio: En este país, o estás loco o tenés miedo. Pero hay que seguir. El miedo no puede borrar todos los límites, todas las palabras.

Pausa.

Emilio: Lo único que se puede hacer con miedo es traicionar.

Roberto: Me equivoqué.

Pausa.

Roberto: ¿Y esa música?

Emilio: Música funcional... Boludeces de la función pública.

Roberto: Un espanto.

Emilio: Por suerte se escucha sólo en la sala de espera. Eso y las revistas viejas me dejan a la gente bastante amansada para cuando los atiendo.

Pausa.

Roberto: Yo quería saber. Quería verte.

Emilio: Constatar que estaba vivo para sentirte un poco menos hijo de puta. Ya está. Ya me viste. Ahora andate. Acá no hay lugar ni tiempo para gente como vos.

Roberto: Emilio, no tengo nada. No soy nadie.

Emilio: Cuando tuviste la oportunidad de ser alguien la dejaste pasar.

Pausa.

Roberto: A lo mejor vos estás perdiendo tu oportunidad ahora, al no perdonarme.

Silencio prolongado.

Emilio: Otra vez esos silencios incómodos. Roberto me mira. Yo lo miro. Y la puerta de la oficina se abre. ¡Sorpresa, Roberto!

Se abre la puerta de la oficina. Entra Sotelo. Lleva puesto un traje gris.

Sotelo: Me retiro, señor.

Emilio: Vaya tranquilo, Sotelo. Yo cierro.

Sotelo: Hasta luego, compañero.

Sotelo sale. Pausa.

Roberto: No entiendo.

Emilio: A estos mejor tenerlos adentro, ¿sabés?

Roberto: Pero es...

Emilio: Somos un movimiento, Robertito. No una secta. Vení: dame un abrazo.

Pausa.

Emilio: Vienen nuevos tiempos. Empieza un largo período de paz.

Se separan.

Voz de Sotelo: Oscuridad.

Oscuridad.

-Continuará-

* Canciones… obtuvo la Primera Mención en el Concurso de obras inéditas de Teatro 2008 del Fondo Nacional de las Artes. Y busca Director.

Canciones tristes 1

Canciones tristes 2

Canciones tristes 3

Canciones tristes 4

Canciones tristes 5

Canciones tristes 6

Canciones tristes 7

Canciones tristes 8

Canciones tristes 9

lunes, 26 de diciembre de 2011

Canciones tristes (cantadas como si fueran alegres) 9 *

27

Dependencia policial. Luces que se prenden y se apagan. Baja de tensión.

Ordóñez: Cómo están hoy, ¿eh?

Comisario: La mano está brava, Ordóñez.

La luz se aquieta.

Comisario: Terminaron, gracias a Dios. ¿Ya trajeron al nuevo? Quiero verlo.

Ordóñez: Ya están avisados. En cuanto llegue a esta dependencia lo hacen pasar por su oficina, Señor.

Comisario: Quiero verle la cara a ese apátrida.

Ordóñez: Terrorista.

Se escuchan gritos.

Ordóñez: Me parece que ya llegaron.

Comisario: Ordóñez sale y regresa con Bolaños, el detenido. Está esposado y tiene algunas marcas de golpes en el rostro. Hay algunas gotitas de sangre en su camisa.

Finalmente, Bolaños.

Silencio.

Comisario: Hacía mucho que te andábamos buscando.

Emilio: Acá estoy. Pero todavía no sé de qué se me acusa.

Comisario: No te hagas el tontito que tu amigo cantó.

Emilio: ¿Quién?

Ordóñez: El artista.

Comisario: Cuando le secuestramos el piano se quebró...

Emilio: ¡Roberto! ¿Qué puede haber dicho?

Comisario: Todo. Tus planes para asesinar a nuestros niños, para destruir la familia, para corromper la sociedad.

Emilio: Yo...

Comisario: Entregó papeles muy comprometedores, Bolaños.

Ordóñez: Sí, le prometieron que a cambio le devolvíamos el piano.

El comisario y Ordóñez se ríen.

Comisario: Pobre pibe. Todavía está esperando... ¿Usted sabe cuánto me pueden dar por un piano de esos?

Emilio: No sé nada de ese tema.

Comisario: Usted no sabe nada de nada, Bolaños.

Ordóñez: Nada de nada.

Las luces titilan. Los tres miran hacia arriba.

Ordóñez: Otra vez empezaron los interrogatorios.

Silencio prolongado.

Comisario: Oscuridad.

Oscuridad.

-Continuará-

* Canciones… obtuvo la Primera Mención en el Concurso de obras inéditas de Teatro 2008 del Fondo Nacional de las Artes. Y busca Director.

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viernes, 23 de diciembre de 2011

Todo el año es Navidad

 

pesebre fede

 

“¡Se celebra el adulterio de María
con la paloma sacra!”
Oilverio Girondo, Verona.

 

La suerte estuvo echada desde el mismo día en que los creativos publicitarios tomaron el poder. Tarde o temprano iba a suceder algo así. Los intentos por despertar fervor se venían sucediendo estériles hasta que a uno de ellos se le ocurrió la genial idea. Otra más.

El nuevo decreto fue reproducido en las primeras planas de los diarios con tipografía de aviones caídos: “A partir de mañana, todo el año es Navidad”. La dictadura alcanzaba así su más alto grado de voluntarismo: el 24 a la noche, los habitantes del país se despidieron de lo cotidiano para abrazar el festejo morboso de una Navidad a repetición.

Lo primero fue planificar con quién y dónde se iba a padecer aquello. Celos familiares cedieron ante aceitadísimos cronogramas de reuniones entre las más diversas combinaciones de parientes. Por fin había chances para todos. La Iglesia Católica reaccionó con beneplácito en la seguridad de que se extinguía así una de las principales causas de divorcio.

Pero pronto aparecieron los problemas. Sabida es la inclinación que tienen muchas familias por alimentarse el día 25 con las sobras del 24, vestigios de abundantes comilonas planeadas durante meses. La costumbre resultaba ahora difícil de sostener: ese exquisito pollo frío que el 25 se mostraba aún rozagante y que llegaba dignamente al 26 bajo los efectos cosméticos de la mayonesa, en el mes de febrero tornaba su color hacia tonalidades poco sugerentes y en junio despedía un hedor putrefacto. Antes o después, todo comestible experimentaba igual degradación.

Hasta sufrir las primeras convulsiones, los niños se entretuvieron haciendo rebotar el pan dulce, que a los 2 meses de abierto adoptaba las características de una pelota Pulpo.

En este contexto, sobresalía la dignidad del turrón que, si bien era incomible en octubre, no hacía más que conservar su estado inicial. Pero la proliferación de turrones como único alimento provocó una masiva pérdida de piezas dentales en los sobrevivientes a la intoxicación general, en momentos en que los odontólogos se hallaban de franco o simplemente muertos.

En las guardias de los hospitales, los desdichados que habían pactado trabajar en esa fecha a cambio de vaya a saberse qué insignificante suma, terminaban por caer extenuados sobre sus pacientes.

Junto a las víctimas de la dureza del turrón, los centros de asistencia se iban poblando de heridos: el tedio y la inquietud por la salvaje detención del tiempo convirtieron a la pirotecnia en deporte nacional y quienes no atinaron a clausurar sus casas asistieron al súbito incendio de manteles, mobiliarios o primos del campo. Las calles eran una patética reproducción en escala de las más peligrosas zonas de medio oriente en la que convivían los mutilados con los fuegos de artificio. Pero aún más devastadora resultaba la cobertura de los acontecimientos en los canales de televisión. Montados en los mecanismos propios de esta época del año, se reiteraba el tradicional regodeo de la cámara sobre el rastro epidérmico del buscapié.

Miles de papanoeles apócrifos conocían con dolor los intersticios de sus chimeneas noche tras noche para fracasar sistemáticamente ante sus hijos.

Los tradicionales suicidios navideños se multiplicaban y no faltó quien resolviera el asunto obligándose con crueldad a la audición de villancicos ante pelotones de monaguillos que desafinaban falsas promesas de irse a Belén.

Los camiones recolectores respetaban su eterno feriado para que la calle fuese un paisaje maloliente del que se adueñaban insectos, cuentapropistas que vendían porquerías ideales para regalar, ancianas que insistían con asistir a misa y los deshabitados cuerpos de aquellos que se arrojaban –clásicos- desde las ventanas de los edificios.

El interminable feriado bancario impidió el pago de servicios y las empresas cortaron el suministro de agua, luz, gas y teléfono.

Los incautos que se prestaron a ponerle el cuerpo a los pesebres vivientes de las plazas, iban perdiendo la fe día a día mientras intercambiaban miradas para endilgarse la sacra responsabilidad de cambiarle los pañales de una vez al niño Jesús. Una imitación pestilente y llorona cuya llegada hacía rato que había dejado de ser una buena noticia.

Propietarios de negocios eran estrangulados por compradores que no entendían la escasez de pares de medias y pañuelos para regalar a esos parientes que verían hoy por vez primera en el almuerzo navideño, en las cenas o en los velorios de quienes iban muriendo por ser, también ellos, propietarios de negocios asesinados por compradores que no entendían la escasez de pares de medias y pañuelos para regalar.

La inoperancia de lo que quedaba del personal carcelario (ebrio, dormido o fallecido) propició una masiva fuga de cada una de las penitenciarías, lo que hubiera llevado el índice de delincuencia a las nubes de no ser por el temor de los encuestadores a salir a la calle para obtener datos alarmantes que venderles a los candidatos conservadores en campaña, quienes, por otra parte, habían sido atacados mortalmente por su personal doméstico ante la negativa a abonarles un aguinaldo diario.

Desde su lecho de muerte, un funcionario de gobierno dio órdenes precisas de reprimir pero pronto se dio cuenta de que no tenía a quien dársela ya que las fuerzas de seguridad habían desertado para no perderse los festejos.

Finalmente, cuando el horror navideño acabó con toda forma de civilización, las potencias extranjeras decidieron pasar por alto de una vez por todas el principio de no intervención que habían respetado religiosamente hasta el momento. Entendieron que la situación era algo anómala y que –después de todo- ya no quedaban activos por malvender por parte de las alcoholizadas autoridades de la economía local.

Las fuerzas de paz decidieron bombardear cada uno de los posibles focos rebeldes,
es decir todo blanco susceptible a la acción destructiva de las bombas. No podía correrse riesgo alguno en la difícil misión de salvar a los pobladores inocentes. Finalizada esta tarea de profilaxis, la intervención dio a conocer su primera medida: anular la última disposición del gobierno anterior.

El brusco salto de los almanaques fue anunciado con un discurso festivo ante un pequeño número de sobrevivientes que, diezmados por el hambre y el estupor, procedieron a desarmar sus patéticos pinitos falsos jurando en vano no volver a erigirlos nunca más.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Canciones tristes (cantadas como si fueran alegres) 8 *

CTCCSFA 8

Oficina de una dependencia policial. Un grupo de actores ordenan los objetos de la escenografía siguiendo las indicaciones del comisario.

Comisario: Un escritorio y un sillón van a estar bien.

Pausa.

Comisario: Entren las dos sillas. Esas están demasiado nuevas. Bueno, no importa. Ya no hay tiempo de cambiarlas.

Pausa.

Comisario: Hagamos una cosa... Rómpanle un poco el tapizado. Así, sí. ¿Y la palangana? ¡Al rincón!

Pausa.

Comisario: ¡Sonidista! ¡La gota!

Se escucha el ruido de una gota que cae sobre una superficie metálica.

Comisario: ¿No falta algo? ¡El ventilador! ¡Muévanse!

Pausa.

Comisario: Y enciéndanlo por favor... Así.

Pausa.

Comisario: Soy el Comisario. El actor que hace del comisario. Me siento en mi escritorio y me muestro del modo más desganado del que soy capaz. Transpiro.

El comisario moja sus dedos en un vaso de agua y se humedece la frente.

Comisario: Transpiro mucho. Me saco la gorra. La apoyo sobre el escritorio. Y me escarbo los dientes. Eso va a estar bien: me escarbo los dientes con un boleto de tren. Comienza la acción.

¡Ordoñez!

Entra un policía.

Ordóñez: Señor...

Comisario: ¿Cuándo arreglan esta mierda, Ordóñez?

Ordóñez: ¿La filtración del techo, señor?

Comisario: No, el ventilador.

Ordóñez: Ah... Ya hablé con el encargado del área de mantenimiento y me comunicó que el inconveniente sería reparado a la brevedad.

Comisario: ¿Qué esperan? ¿El invierno?

Ordóñez: ¡El invierno! Usted es tan ocurrente, señor.

Comisario: Deje de reírse como un pelotudo y fíjese si puede hacer algo.

Ordóñez: Pero... Yo carezco de los conocimientos necesarios, señor.

Comisario: Concha de su madre, Ordóñez. ¡Fijesé! Debe ser el enchufe, o el cable. Un contacto...

Ordóñez: Lo intento, señor. Ya mismo le...

Chispazos. Ruido de descarga. Ordóñez es despedido un metro hacia atrás. El ventilador se detiene. Ordóñez queda tendido en el piso con el rostro pálido.

Comisario: Ahora sí que la cagó. Ordóñez y la reputísima madre que lo recontra mil parió.

Ordóñez: Le presento mis excusas, señor. Yo le advertí acerca de la ausencia de pericia en tal área.

Comisario: Hable en castellano, boludo. Un hombre de la fuerza debe saber de todo. Y debe tolerarlo todo. No puede ser que un par de voltios lo tiren a la mierda.

Ordóñez: Le reitero mis excusas, señor.

Comisario: Mis excusas la poronga. ¿Qué hago ahora? ¿Me cago de calor?

Ordóñez: Si usted lo desea, yo...

Comisario: Con el brazo que le queda, Ordóñez procede a abanicar a su superior, es decir a mí, valiéndose de una carpeta.

¿Qué hace, pelotudo? Venga más cerca. Así no me llega nada.

Golpes en la puerta.

Comisario: ¿Quién es?

Se abre la puerta lentamente. Sotelo asoma su sucia cabeza.

Sotelo: Permiso.

Comisario: Ah... El boludo que me faltaba.

Sotelo: Vuelvo más tarde si quiere.

Comisario: No... Ahora, después... Usted siempre va a ser un boludo, Sotelo. Pase.

Pausa.

Comisario: Qué olor. ¿Qué se puso? ¿El perfume de la patrona?

Sotelo: Una colonia... Algo fresco.

Comisario: Con bañarse alcanzaba, ¿eh?

Ordóñez: "Con bañarse alcanzaba"... Qué chispa tiene...

Comisario: Usted siga haciendo lo suyo. Cuando se cansa cambia de brazo... Ah, no puede.

A mí me toca un policía lisiado. Soy el rey de los boludos.

Ordóñez: Lisiado no señor: con capacidades diferentes.

Comisario: ¿Qué capacidades diferentes? Le falta un brazo, hombre. ¿No le avisaron?

Sotelo arrastra una de las sillas y se sienta.

¿Y a usted quién mierda le dijo que se sentara?

Sotelo: Usted... Yo lo escuché...

Comisario: Siéntese de una vez, viejo boludo.

Silencio prolongado.

Comisario: ¿Y? No tengo todo el día. ¿Me trajo algo lindo?

Sotelo: Confirmado, señor: esos dos están en algo.

Comisario: Bue... Acabáramos. Cuénteme. Deme detalles.

Sotelo: No... Mucho más que eso no sé.

Comisario: ¿Cómo no sabe? ¿No ve? ¿No escucha?

Pausa.

Comisario: ¡Y usted siga! Hace como 50 grados, ¿no se dio cuenta?

Pausa.

Comisario: Dígame algo... ¿Qué hacen?

Sotelo: Cantan, señor.

Silencio prolongado.

Comisario: ¿Usted me hace abandonar todas mis obligaciones para contarme que dos infelices se juntan a cantar? ¿Usted tiene idea del momento que estamos viviendo, Sotelo? ¿Usted sabe que estamos a punto de ser atacados por una banda de extremistas que odian a la familia, a la patria, a la religión? ¿Quiere que lo meta preso por boludo, Sotelo?

Sotelo: Pero yo estoy seguro de que están en algo.

Comisario: ¡Tráigame pruebas, carajo! ¿Tienen fierros? ¿Están encuadrados? ¿Hacen bombas?

Sotelo: No sé. Pero puede ser...

Comisario: ¿Pudo confirmar la identidad del sospechoso?

Sotelo: Sí. Es él.

Comisario: ¿Y cómo supo? ¿Le revisó los papeles?

Sotelo: No. Lo llamé por el nombre y se puso pálido. Así que es él.

Comisario: Muy bien. ¿Por qué no le dijo que lo teníamos marcado también? Lo mejor que nos podría pasar es que usted se pase del bando de ellos, Sotelo. Usted es el buchón más pelotudo que conocí en toda mi carrera.

Pausa.

Comisario: Confírmeme si están en algo o no vuelva más, ¿me escuchó?

Sotelo: Están en algo. Seguro.

Comisario: En algo que no sea cantar, Sotelo. ¿Quiere hacer algo útil? Tome esta carpeta.

Sotelo: Claro, señor.

Comisario: Tome.

Sotelo: ¿Información sobre Bolaños?

Comisario: Qué información ni ocho cuartos... Usted se para de este otro lado y me hace un poco de aire. Hágale la gamba a Ordóñez que está muy cansado. Ni para esto me sirve.

Sotelo toma la carpeta, se para a mi lado y me abanica. Oscuridad.

Oscuridad.


-Continuará-

* Canciones… obtuvo la Primera Mención en el Concurso de obras inéditas de Teatro 2008 del Fondo Nacional de las Artes. Y busca Director.

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martes, 20 de diciembre de 2011

Canciones tristes (cantadas como si fueran alegres) 7 *

CTCCSFA 7

Habitación de Roberto. Música de piano.

Roberto: Otra interminable noche de verano. Emilio y yo transpiramos ginebra. Hay un ventilador que gira lentamente. Sólo para darle un toque más sórdido a esta obra. La ventana está abierta, la luz es débil. ¿Qué más precisa uno para tener ganas de colgarse de la viga más alta del techo?

¿A qué hora te dijeron?

Emilio: A las 10.

Roberto: No llegamos.

Emilio: Llegamos.

Roberto: No, no llegamos.

Emilio: Si no nos ponemos no, pero...

Roberto: No llegamos.

Emilio: Basta, pelotudo. Larguemos de una vez.

Roberto: No llegamos.

Emilio: Esta es la parte en que le tiro la carpeta por la cabeza. Todas las hojas sueltas se desparraman sobre esta lamentable habitación.

Roberto: ¡Ey! ¡Vos no podés decir eso! ¡No podés dar indicaciones sobre la obra! ¿Está claro?

Emilio: En este momento, nadie sabe quién está en condiciones de dar órdenes. O peor: todos creen que están capacitados para hacerlo.

Roberto: Yo toco el piano.

Se escuchan los primeros cuatro compases de la introducción de una marcha.

Emilio: Esperá que la encuentre...

Se escuchan los primeros cuatro compases de la introducción de una marcha. Emilio canta.

Emilio: Ahí van nuestros patriotas / por una y mil conquistas, / lisiados peronistas, / que avanzan sin cesar.../ Luchando junto al líder / y a los descamisados/ conducen temerarios / sus ágiles rodados...

Roberto: Me río. Me río. No puedo contener la risa.

Emilio: Jamás claudicarán / ante...

Silencio.

Emilio: ¿Qué te pasa, pelotudo de mierda?

Roberto: Es gracioso, che... Perdoná pero es gracioso. Me los imagino a los tipos...

Emilio: ¿Y qué hay?

Roberto: Nada... Es gracioso.

Emilio: A mí me parece una imagen futurista muy poderosa.

Roberto: Puede ser... Puede ser... Es tu letra... Igual te recomendaría que les dejes la partitura, agarres la guita y salgas corriendo. Antes de que te persigan con sus "ágiles rodados" para matarte.

Emilio: No, no... Me parece que no entendés la mecánica.

Roberto: ¿Qué mecánica?

Emilio: Vamos a ir allá a cantársela.

Roberto: ¿Estás loco?

Emilio: En eso quedamos: ellos no leen música, Roberto. Necesitan escucharla.

Roberto: Ni en pedo.

Emilio: Ya quedé.

Roberto: Buscate otro pianista, hermano.

Emilio: ¿Qué te pasa? ¿De qué tenés miedo?

Roberto: ¿De qué? ¿Te parece que vamos a tener una discusión musical? Esos tipos andan calzados hasta para ir al baño. ¿Qué te parece que va a pasar si no les gusta?

Emilio: Son militantes, pelotudo. No cowboys. Te pensás que andan matando pianistas si no les gusta lo que tocan. Salí del pianito, querido. Andá a dar una vuelta por la calle que te va a hacer bien.

Roberto: Y qué hay en la calle, boludos armados. Con o sin uniforme. Eso hay. Mejor me quedo en casa.

Emilio: Vos no entendés nada. No sabés lo que está pasando afuera.

Roberto: ¿Qué pasa afuera, Emilio? Explicame, dale.

Emilio: La gente se prepara para volver a ganar la calle. Eso pasa.

Roberto: La gente. ¿Qué gente? Vos, yo... Sotelo...

Emilio: El pueblo, salame.

Roberto: Uy, cagamos. Apareció el bendito pueblo.

Emilio: Vos no sabés lo que es el pueblo.

Roberto: Sí: el lugar donde se terminan las discusiones. El pueblo dice esto, el pueblo siente aquello. ¿Y quién lo sabe? No me vengas con boludeces peronistas.

Emilio: No somos loquitos, ¿sabés?

Roberto: ¿Quiénes "somos"?

Emilio: Los peronistas.

Roberto: Acabáramos... ¿Y a vos desde cuándo se te dio por el peronismo?

Emilio: ¿Sabés desde cuándo? Desde que me quedé esperando toda la noche que mi viejo volviera a casa. Toda la noche. ¿Y sabés cuando volvió?

Pausa.

Emilio: Nunca.

Pausa.

Emilio: No lo vimos más.

Pausa.

Emilio: Un cajón cerrado y a llorar a la iglesia.

Silencio prolongado.

Roberto: Arriesgaste mi vida.

Emilio: Todos estamos en peligro. Hay una dictadura ahí afuera.

Roberto: Tenía derecho a saber. Y la verdad es que sigo pensando que no me gusta la gente armada. No me gusta.

Emilio: A veces no hay alternativa. El día que podamos votar va a ser distinto.

Roberto: Yo me abro.

Emilio: No podés hacerme esto.

Roberto: Tomá tus papeles y andate.

Pausa.

Emilio: Mientras recogía mis papeles pensé que tal vez esa era la última vez que nos íbamos a ver. Lo hubiera abrazado si no fuera por aquel presagio de traición que nos sobrevolaba. Roberto baja la tapa del piano y camina hacia la ventana. Yo paso por arriba de la cama, sin sacarme los zapatos, y abro la puerta para salir de su vida.

Pausa.

Roberto: Sigue ahí.

Emilio: Ya sé.

Pausa.

Oscuridad.

Voz de Roberto: ¿Vos dijiste "oscuridad"?

Voz de Emilio: No. ¿Y vos?

Voz de Roberto: No. Qué raro, ¿no?

Voz de Emilio: Sí. Muy raro.

-Continuará-

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lunes, 19 de diciembre de 2011

20 de diciembre

 

Se cumplen 10 años de aquel día de aspectos tan oscuros y a la vez tan claros. Jornada de tragedias que traía a su vez la buena noticia de que algunas cosas ya no podrían ocurrir en la Argentina nunca más.

Sobre las particularidades del gobierno de la Alianza, ya escribimos algo acá.

Sobre aquella jornada y sus enseñanzas, trata este spot que escribimos para CQC.