Te banco, Sabella. Punto. Hablemos en julio.
— Alejandro Turner (@ale_turner) Mayo 13, 2014
jueves, 10 de julio de 2014
Modestamente
miércoles, 26 de febrero de 2014
Iniciación a la escritura dramática
Qué: Es un Curso de introducción al guion y la dramaturgia.
Para trazar un mapa de la escritura dramática y ponerte en movimiento en ese territorio. Apartar el miedo y las dudas que aparecen a la hora de encarar esa idea que anda dando vueltas. O aprender a buscarla. Desmentir el mítico pavor a la página en blanco. Arrancar.
Cómo: Un encuentro semanal de 2 horas dirigido a quienes no tengan experiencia en el campo de la escritura dramática. O hayan tenido una experiencia desagradable. Puede pasar.
Se trata de desplegar los conceptos básicos del texto dramático (personajes, diálogos, estructura) y bajarlos al papel para usarlos al servicio de ideas propias: el año se cierra con un material (teatral, televisivo, cinematográfico) terminado.
Con quién: Alejandro Turner, dramaturgo (La Ausencia de Todas las Cosas, Villarrica) y guionista (CQC, Algo Habrán Hecho, El Gen Argentino, desarrollo de formatos en Argentina y Chile). Vale googlear.
Cuándo: Los lunes, de 19 a 21, a partir del 7 de abril.
Dónde: Casa Río de Janeiro (Río de Janeiro 943, Almagro, CABA).
Por qué: vos sabrás. Tampoco podemos decirte todo.
Dudas, preguntas, inscripciones: aturner@eyeworks.tv
lunes, 10 de febrero de 2014
Carta a los fabricantes de Caramelos Media Hora *
Señores fabricantes de los caramelos Media Hora: he descubierto con estupor que persisten en esa práctica inexplicable y maligna de fabricar y distribuir los autodenominados “caramelos” Media Hora. O debo decir, al menos, de distribuir. Ya que cotejando lo anticuado del packaging y ese sabor que siempre pareció echado a perder, tengo la sospecha de que siguen distribuyendo desde la clandestinidad una partida fabricada en los años 50.
Señores fabricantes de los caramelos Media Hora, empecemos por el principio: sólo alguien que oculta algo siniestro entre manos le pone a un caramelo por nombre un adverbio de tiempo. Los caramelos llevan nombres de fantasía como Sugus, promesas de atributos como Pico Dulce, descripciones morfológicas como las “rodajitas”. Pero, ¿”media hora”? Ni siquiera los uruguayos, en su alocada carrera de bautismos ridículos se atrevieron a tanto. No propusieron aún una Década Fernández ni mucho menos -por suerte- un Lustro Gutiérrez.
¿Qué debe entenderse de ese nombre confuso? ¿Que ese es el tiempo que nos dura el caramelo en la boca? Pues entonces eso no es un nombre: es una amenaza.
Señores fabricantes de los caramelos Media Hora, no sé si lo notaron, pero los caramelos suelen ser de limón, de frutilla, hasta de chocolate. Pero sólo un grupo de mentes perturbadas puede concebir un caramelo de Anetol. Ya bastante feo es el anís como para sacar de él su esencia maligna o, lo que es peor, reproducirla en un laboratorio que debió haber sido bombardeado por la ONU hace tiempo.
Tal vez la inexplicable supervivencia de este producto de sabor anestésico y peligrosa forma esférica los haya llevado a engaño. Sepan que el caramelo Media Hora no perdura como ese obsequio compensatorio para niños descontrolados o como ese bocado que nos permite evocar sabores frutales. El caramelo Media Hora circula como prenda punitiva. Si el comerciante nos lo da como vuelto, es apenas para castigarnos por la falta de cambio. También se sabe de niños que recibieron penitencias calculadas en número de Caramelos Media Hora. Y hasta los niños reincidentes son amenazados con la presencia del Hombre de la Bolsa… Una bolsa llena de caramelos media hora.
Finalmente, señores fabricantes de los caramelos Media Hora: tal vez ese inocente relojito clavado en la una y treinta quiera hacernos creer que ese caramelo es un saludable digestivo para retomar tareas después del almuerzo. Pero, ¿saben qué? Hemos descubierto que se trata de la 1 y 30 de la madrugada. La hora en que nos azota la aparición incontenible del insomnio. Y con él, el desfile de ideas tormentosas como cambiar de empleo, emigrar, suicidarse y hasta deglutirse un caramelo Media Hora.
Señores fabricantes de los caramelos Media Hora, simplemente, dejen de hacerlo. Les damos exactamente, una semana… O lo que es peor, 336 caramelos media hora.
*Leída alguna vez en cierto programa de radio denominado CON QUÉ SE COME.
sábado, 8 de febrero de 2014
Será que la canción llegó hasta el sol
El que me abrió la cabeza fue Daniel, uno de los novios que mi hermana traía a casa para que nos encariñáramos infructuosamente. A él le escuché por primera vez aquello de tengo los dedos súper ateridos. Yo tenía 12. Y me hacía gracia esa forma enrevesada de contar una situación tan pedestre: la del tipo esperando que alguien lo levantara en la maldita ruta. Esa canción me podía. De alguna misteriosa manera me hacía sentir grande. Sofisticado, supongo. Cuando volví a la escuela después de ese verano, yo era el raro que escuchaba a Spinetta. Me había comprado juntando vueltos y limosnas familiares un vinilo que reeditaba muy truchamente el primer disco de Almendra. El de aquel hermoso dibujo del payaso con la lágrima, sí, pero sin el hermoso dibujo. Con la palabra Almendra escrita en una decadente tipografía de heladería de barrio. La decepción por esa tapa se diluyó segundos después de haber puesto el disco en el combinado de casa. Ya nada iba a ser igual. Hay un tema como de diez minutos, solía contar fascinado a mis colegas.
Dicen que no está bueno escribir con la pena atragantada. Cuando todavía te vibra la mandíbula por la piña. Y estoy de acuerdo. Pero algo tengo que hacer con esta tristeza. Y a duras penas esto es lo que consigo hacer. Escribir. Como se puede. Con lo que sale.
El primer concierto de rock al que asistí en mi vida fue ese de 1982, el de solidaridad latinoamericana por Malvinas. Llegué tarde, por supuesto: esa era la manera que tenía mi viejo de hacerme sentir que no le importaba demasiado nada de lo que a mí me importara. Ya debía ser casi el final. Desde donde estaba no alcanzaba a ver más que las cabezas de la muchedumbre. Pero Luis cantaba Umbral. Estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando. Estás fuera de la vida, jugando y perdiendo. Y en medio de la dolorosa confusión de aquellos días, emergía su voz: no podía haber nada más diferente a la barbarie, a la guerra, a la dictadura.
Desde entonces, hasta ayer, siempre tuve un horrible reflejo: cada vez que ponía la radio y estaban pasando un tema de Spinetta pensaba que le había pasado algo. Un poco, el recuerdo de aquella desangelada mañana en que nos enteramos por la radio de la muerte de Lennon. Otro poco, por lo que le hizo el puto sistema de difusión de música a un artista inconmensurable como él. La forma casi siempre miserable en que lo trataron la mayor parte de los benditos medios de la Argentina. Esos que hoy lo homenajean desde el más zonzo lugar común de “ha muerto un pionero del rock”.
No tengo dudas de que Spinetta es el artista que más veces fui a ver tocar en vivo. Desde aquel Festival de Solidaridad en el 82 hasta el maratónico Vélez del 2009. Y en el medio, toda clase de teatros, estadios, parques y auditorios. Se me aparecen esas noches mágicas de Jade en Barrancas de Belgrano. Y no se me ocurre un recuerdo que recupere mejor la alegría de aquella efímera primavera democrática. Se me viene la gloriosa presentación de su disco con Fito en Obras, con su interminable desfile de artistas invitados, o aquel encuentro con Charly en el Luna para la presentación de Madre. Conciertos lujosos en un teatrito de Mar del Plata, con el programa firmado por algunos de sus músicos. Pero también en el Velódromo, en la Facultad de Medicina, en Exactas, en algún show de la 9 de julio. Y cada vez, esa excitación inigualable de ver al Flaco apareciendo en el escenario. Una luz de seguidor. Un saludo. Un acorde de viola. Un cosquilleo en el alma.
Por Spinetta empecé a escuchar Jazz y a leer poesía. Si eso fuera todo, si Luis sólo me hubiera servido para abrir esas puertas, ya bastaría para convertirlo en una de las personas que más hizo por mejorar mi existencia.
La primera vez que salí en una radio de verdad fue en 1987. Entré al estudio de "El Submarino Amarillo" con Alma de Diamante bajo el brazo. Y tuve la experiencia inicial de hacer sonar "El Aliado" por el aire de Radio Del Plata. El dulzor del río te curará las heridas de los siglos…
En tiempos en que cualquier millonario anabolizado con 5 minutos de escenario pago se cuelga el cartelito de artista, allí estaba él, estará siempre, perfil bajo, para poner la vara bien alto, altísimo, a años luz de la mayoría de los que salen en las revistas o en la televisión. En este mar de mediocres de tres tonitos y rimas consonantes, frente al ejército de ejecutantes de hits que venden amores como podrían vender laxantes o créditos hipotecarios, Spinetta siempre asomó la cabeza para disparar su frase inspirada, su decir poético, para lanzar al cielo una melodía de esas que se abren como flores en las orejas.
Se fue el único tipo al que podría haberle dicho sin mentir “tengo todos tus discos”. Y eso duele.
Ya sabemos que queda su música, sus palabras, esos trozos de felicidad que nos regaló y que no pueden quitarnos. Pero es duro asumir que ya nadie podrá escribir una canción tan perfecta como Los libros de la buena memoria. Nadie nos cantará ya de esa manera cósmica, única, que el vino entibia sueños al jadear desde su boca de dorado dulzor. Aquel nunca sería el tema del verano, está claro. Pero bueno, será por eso que preferimos el frío.
domingo, 15 de diciembre de 2013
Todo el año es Navidad
“¡Se celebra el adulterio de María
con la paloma sacra!”
Oilverio Girondo, Verona.
El nuevo decreto fue reproducido en las primeras planas de los diarios con tipografía de aviones caídos: “A partir de mañana, todo el año es Navidad”. La dictadura de los publicistas alcanzaba así su más alto grado de voluntarismo: el 24 a la noche, los habitantes del país se despidieron de lo cotidiano para abrazar el festejo morboso de una Navidad a repetición.
Lo primero fue planificar con quién y dónde se iba a padecer aquello. Celos familiares cedieron ante aceitadísimos cronogramas de reuniones entre las más diversas combinaciones de parientes. Por fin había chances para todos. La Iglesia Católica reaccionó con beneplácito en la seguridad de que se extinguía así una de las principales causas de divorcio.
Pero pronto aparecieron los problemas. Sabida es la inclinación que tienen muchas familias por alimentarse el día 25 con las sobras del 24, vestigios de abundantes comilonas planeadas durante meses. La costumbre resultaba ahora difícil de sostener: ese exquisito pollo frío que el 25 se mostraba aún rozagante y que llegaba dignamente al 26 bajo los efectos cosméticos de la mayonesa, en el mes de febrero tornaba su color hacia tonalidades poco sugerentes y en junio despedía un hedor putrefacto. Antes o después, todo comestible experimentaba igual degradación.
Hasta sufrir las primeras convulsiones, los niños se entretuvieron haciendo rebotar el pan dulce, que a los 2 meses de abierto adoptaba las características de una pelota Pulpo.
En este contexto, sobresalía la dignidad del turrón que, si bien era incomible en octubre, no hacía más que conservar su estado inicial. Pero la proliferación de turrones como único alimento provocó una masiva pérdida de piezas dentales en los sobrevivientes a la intoxicación general, en momentos en que los odontólogos se hallaban de franco o simplemente muertos.
En las guardias de los hospitales, los desdichados que habían pactado trabajar en esa fecha a cambio de vaya a saberse qué insignificante suma, terminaban por caer extenuados sobre sus pacientes.
Junto a las víctimas de la dureza del turrón, los centros de asistencia se iban poblando de heridos: el tedio y la inquietud por la salvaje detención del tiempo convirtieron a la pirotecnia en deporte nacional y quienes no atinaron a clausurar sus casas asistieron al súbito incendio de manteles, mobiliarios o primos del campo. Las calles eran una patética reproducción en escala de las más peligrosas zonas de medio oriente en la que convivían los mutilados con los fuegos de artificio. Pero aún más devastadora resultaba la cobertura de los acontecimientos en los canales de televisión. Montados en los mecanismos propios de esta época del año, se reiteraba el tradicional regodeo de la cámara sobre el rastro epidérmico del buscapié.
Miles de papanoeles apócrifos conocían con dolor los intersticios de sus chimeneas noche tras noche para fracasar sistemáticamente ante sus hijos.
Los tradicionales suicidios navideños se multiplicaban y no faltó quien resolviera el asunto obligándose con crueldad a la audición de villancicos ante pelotones de monaguillos que desafinaban falsas promesas de irse a Belén.
Los camiones recolectores respetaban su eterno feriado para que la calle fuese un paisaje maloliente del que se adueñaban insectos, cuentapropistas que vendían porquerías ideales para regalar, ancianas que insistían con asistir a misa y los deshabitados cuerpos de aquellos que se arrojaban –clásicos- desde las ventanas de los edificios.
El interminable feriado bancario impidió el pago de servicios y las empresas cortaron el suministro de agua, luz, gas y teléfono.
Los incautos que se prestaron a ponerle el cuerpo a los pesebres vivientes de las plazas, iban perdiendo la fe día a día mientras intercambiaban miradas para endilgarse la sacra responsabilidad de cambiarle los pañales de una vez al niño Jesús. Una imitación pestilente y llorona cuya llegada hacía rato que había dejado de ser una buena noticia.
Propietarios de negocios eran estrangulados por compradores que no entendían la escasez de pares de medias y pañuelos para regalar a esos parientes que verían hoy por vez primera en el almuerzo navideño, en las cenas o en los velorios de quienes iban muriendo por ser, también ellos, propietarios de negocios asesinados por compradores que no entendían la escasez de pares de medias y pañuelos para regalar.
La inoperancia de lo que quedaba del personal carcelario (ebrio, dormido o fallecido) propició una masiva fuga de cada una de las penitenciarías, lo que hubiera llevado el índice de delincuencia a las nubes de no ser por el temor de los encuestadores a salir a la calle para obtener datos alarmantes que venderles a los candidatos conservadores en campaña, quienes, por otra parte, habían sido atacados mortalmente por su personal doméstico ante la negativa a abonarles un aguinaldo diario.
Desde su lecho de muerte, un funcionario de gobierno dio órdenes precisas de reprimir pero pronto se dio cuenta de que no tenía a quien dársela ya que las fuerzas de seguridad habían desertado para no perderse los festejos.
Finalmente, cuando el horror navideño acabó con toda forma de civilización, las potencias extranjeras decidieron pasar por alto de una vez por todas el principio de no intervención que habían respetado religiosamente hasta el momento. Entendieron que la situación era algo anómala y que –después de todo- ya no quedaban activos por malvender por parte de las alcoholizadas autoridades de la economía local.
Las fuerzas de paz decidieron bombardear cada uno de los posibles focos rebeldes,
es decir todo blanco susceptible a la acción destructiva de las bombas. No podía correrse riesgo alguno en la difícil misión de salvar a los pobladores inocentes. Finalizada esta tarea de profilaxis, la intervención dio a conocer su primera medida: anular la última disposición del gobierno anterior.
El brusco salto de los almanaques fue anunciado con un discurso festivo ante un pequeño número de sobrevivientes que, diezmados por el hambre y el estupor, procedieron a desarmar sus patéticos pinitos falsos jurando en vano no volver a erigirlos nunca más.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
The father of inventions
Hace exactamente 20 años, se moría Frank Zappa. Músico virtuoso, compositor genial, creador prolífico y diverso, provocador con causa, respetuoso de su público a más no poder, riguroso sin dejar de reírse (y viceversa). Siempre un norte. Para músicos y no tanto.
En el irrelevante Olimpo del dueño de este blog, se apunta como uno de los artistas más impresionantes del siglo XX. De la misma carnadura que los Picasso, los Buñuel, los Borges.
Ojo, también se puede seguir escuchando a Iván Noble. La libertad es libre, ¿no?
Gracias por tanto, Mr Zappa.