miércoles, 9 de junio de 2010

Eriberto García Ofri, poeta de Buenos Aires


Pensar en la poesía de García Ofri es evocar todas aquellas cosas que nos hablan de la ciudad: los muchachos del café, el Río de la Plata, el barrio, mis atrasos en las cuotas de alumbrado, barrido y limpieza. En fin, todo eso que nos señala como porteños en cualquier lugar del mundo en el que estemos. Caminando por las calles de Varsovia, me bastaba repasar los sentidos versos de Ofri para dibujarme un mapa de Buenos Aires en la mente, para volver a sentir el afecto de mis queridos viejos, para decidir quedarme cinco años más en Polonia.

Ya de regreso en mi querida ciudad, el destino y los gritos de mis superiores quisieron que tuviera que hacerle una nota al hombre que mejor pintó nuestro sentir ciudadano: Don Eriberto García Ofri. Con sus juveniles 94 años, el llamado poeta de las 45 circunscripciones me recibe por primera vez en su hogar.

Al llegar a la vieja casona de Flores descubrimos sus amplios jardines, descubrimos sus imponentes tejados, sus conmovedores ventanales. Descubrimos incluso que es un geriátrico.

El autor del tango “Chiquilín de Lenin” nos recibe con una sonrisa en los labios que no tardamos en atribuir a los efectos de su última hemiplejía. Nos extiende su mano generosa y nos invita a sentarnos para comenzar una charla íntima y nostálgica.

¿Es cierto que sigue escribiendo, Don Eriberto?

¿Cómo dice?

Le preguntaba si todavía siente ganas de escribir...

En la quinta el 2, “Maleficio”...

Al principio, relacionamos tan caprichoso diálogo al inefable universo poético de García Ofri. Minutos después, cuando una enfermera vuelve a conectar el diminuto aparatito que se encuentra detrás de su oreja, todo se aclara. La charla se vuelve intensa. Los recuerdos desfilan incesantes: “En esta calle, Bilbao, vivía Grisel”— arroja desafiante el poeta. La posibilidad de descubrir la historia de uno de nuestros tangos más queridos me empuja hacia la pregunta obvia:

Grisel, ¿la del tango?

No, Grisel Herskovitz. La de la mercería.

Una novia de juventud...— sugiero buscando la complicidad, el recuerdo, la emoción.

No. Ni la conocí.

¿Pero qué pasaba con Grisel Herskovitz? No se lo guarde, maestro...

¿Grisel? Vivía acá, en esta calle... ¿Cómo se llama?

Bilbao...

Ah, la conoce. ¿Se acuerda de Grisel?

Era evidente que la nostalgia provocaba un remolino de recuerdos, personajes, historias, anécdotas, en la cabeza del poeta. Eriberto es un hombre atravesado por la poesía, por el tango, por la argentinidad. Pero es también un hombre atravesado por una sonda que dificulta sus movimientos, esos que alguna vez alguien describió como los de un verdadero “vendaval de las milongas”. Un fenómeno meteorológico que de darse en este momento incluiría fuertes precipitaciones.

Después de ayudar a introducirle en la boca su píldora de las 18:25, consigo que el entrañable García Ofri, encausado por la eficacia del medicamento, me cuente algo de su historia. Esa historia que es en definitiva la historia del tango, ni más ni menos. O tal vez menos. Pero sólo un poco.

Yo nací en un barrio muy humilde, ¿sabe? En mi casa, muchas veces no había qué llevarse a la boca. Y cuando había algo, mamá lo quemaba. Estaba tan poco acostumbrada a cocinar pobre, que nunca le tomaba la mano. Éramos ocho hermanos hasta que mi viejo apostó al más chico en una mesa de pase inglés. Por suerte perdió, porque si ganaba otro chico, no sé dónde lo hubiéramos metido. Nuestra casa era muy pequeña. Todos dormíamos en una sola cama. Nueve personas en una sola cama. Eso sí: era king size.”

A esta altura del relato, noto que los ojos de Don Eriberto se llenan de lágrimas y que la respiración se entrecorta impidiéndole continuar. Cuando logra escupir la píldora con la que se había atorado, su narración prosigue.

No siempre habían sido así las cosas. En algún momento, mi padre tuvo un trabajo honesto y respetable: tratante de blancas. Pero lo echaron por querer traerse el trabajo a casa. Lo echaron de casa.”

Con la píldora de las 19:10, una redonda de color azul cobalto, Eriberto se siente como nuevo. Experimenta deseos de caminar, de correr, de saltar. Y obedeciendo a la rebeldía de su espíritu poético, lo intenta... Una serie de descargas eléctricas aplicadas por el personal paramédico en la zona del pecho, logra reanimarlo para continuar con esta entrevista.

Siempre me gustó la música. Por eso, mi madre me había dibujado las teclas de un piano sobre un cajón de manzanas para que practicara. Allí realicé mis primeras armas como pianista, hasta que la infección producida por las astillas que me clavé intentando una pieza de Schoenberg me provocó una gangrena que obligó a que me amputaran algunos dedos. Esto me desanimó un poco, es cierto. Hasta que escuché un piano de verdad y me di cuenta de que emitía un sonido espantoso. Así olvidé rápidamente la música y empecé a escribir”.

García Ofri permanece en silencio algunos instantes. Y tras ingerir un par de cápsulas ovaladas, mitad rojas, mitad blancas, me mira fijamente y sentencia: “En la sexta, el 8, Mamarracho”. Se trata seguramente de fragmentos perdidos de alguna de sus obras. Frases que tal vez nunca vayan a encontrar cobijo en el calor de un tango-canción. Pero que aparecen como segregadas por una glándula poética. Una de las escasas secciones del delicado organismo del bardo que no ha sido todavía extirpada en una mesa de operaciones.

El discurso de Ofri sigue su camino:

Siempre escribí a escondidas. Hasta que un día me crucé con un pibe llamado Astor y le mostré algunas de mis letras. Me acuerdo que le mostré una inspirada en mi querida viejo llamada Balada para un piscótico peligroso. ¿La recuerda, señor? Empezaba con un recitado...”

De nada sirve decirle que sí, que la recuerdo, que no hace falta. Don Eriberto se pone de pie. Toma el receptáculo del suero como si fuese un micrófono y dice a media voz:

Los pasillitos del Hospital Municipal José P. Borda tienen ese qué sé yo, ¿viste?

Salís de tu cama por el pabellón 28... Lo de siempre...

Cuando de repente, de atrás de los alambres electrificados, me aparezco yo.

Mezcla rara de barbitúricos, ansiolíticos y antidepresivos,

Un casco de metal con cablecitos en la cabeza,

las mangas del chaleco de fuerza atadas en la piel

Y una motosierra Poulan 3500 en cada mano..."

La aparición de una enfermera para aplicarle las inyecciones de las 19:14 pone fin a la declamación de Eriberto, quien se presta con estoicismo a la serie de 16 pinchazos. Con naturalidad retoma la charla:

A partir de ese momento, empecé a verme con Astor todos los días hasta que pasó algo extraño. No sé. Era un tipo raro...” Por cortesía, no traigo a la memoria las reiteradas denuncias presentadas por Piazzolla en su contra por invasión de la propiedad privada, merodeo y amenazas calificadas. “Un joven extraño, sí... Nunca más supe de él. ¿Cómo le habrá ido?” —me dice antes de perder la mirada en el horizonte.

Por si el lector no lo sabe, la “Balada para un psicótico peligroso” es sólo el comienzo de una serie interminable de éxitos de la pluma del eterno García Ofri. ¿Cómo olvidar la opresión que transmite la letra de “Sedado espero”? ¿Cómo abstraerse del dolor por lo que ya no fue que emana de las palabras de un tango como “Soledad, la del Hospital Moyano? ¿Puede alguien no sentirse libre tras escuchar un tango como “Adiós, muchachos: me dieron de alta” o contener la risa provocada por los ingeniosos chascarrillos contenidos en “Enfermero, suba y diga”? ¿Cómo no recordar los sublimes versos de “Los empastillados”?

Esta noche, amiga mía,

el Trapax nos ha pegado.

Qué me importa qué se rían

si siempre estoy falopeado.

Después vino la etapa conocida como de encierro. El poeta se vuelve sobre si mismo. Deja de interesarle el mundo exterior. Se lo adivina atravesando una instancia opresiva, se lo sabe cumpliendo una condena en una prisión de máxima seguridad en Usuahia. Fue tras llevar a los hechos las duras amenazas disparadas desde uno de sus piezas más emblemáticas, “El día que te mueras”. Sus abogados quisieron proteger a García Ofri de quienes lo acusaban de haber provocado el incendio de la casa en que vivía el Director de la Clínica de rehabilitación en la que estaba encerrado por entonces. Nadie creyó la hipótesis que atribuía el fuego a un “rayo misterioso”.

Los años han pasado, pero García Ofri se mantiene vivo y con ganas de seguir luchando, con ganas de seguir dándole al tango más y más de su arte. Por eso, mientras se recupera de una ligera pérdida del conocimiento que nos obligó a detener la charla unos instantes, el hombre que más le cantó a Buenos Aires me habla de su nueva creación: “El romancero gilastro”. Más allá del epíteto del título, la obra está dedicada íntegramente a una de las grandes pasiones de Don Eriberto, a aquello que más disfruta en la vida después de los cócteles de anfetaminas: el fútbol. O como a él le agrada decir, el fóbal.

Es un homenaje al más grande deporte, señor. Me he tomado el trabajo de dedicarle un romance a cada club”. Y sin mediar ninguna otra introducción, el hombre comienza a leer unos versos que escribió con letra ilegible en el dorso de una receta. Se trata del “Romance de Ferro Carril Oeste”.

Verde que te quiero verde.

Verde loro, verdolaga.

Cuando voy a ver a Ferro

tengo líos con la cana.

Con el garrote en la mano

la emprenden contra la hinchada

y salimos disparando

todos por Martín de Gainza.

Verde que te quiero verde,

aunque a veces no den ganas.

¡Nosotros no merecemos

la “B” metropolitana!

Se me ocurre que tan emotiva muestra de arte popular, puede ser un buen cierre para este reportaje. Sin embargo, Don Eriberto no lo entiende así. “Mire que tengo también para todos los equipos de primera. Escuche:


Y que yo la llevé a River

sabiendo que era gallina,

y justo cayó el marido

que era de la Directiva.

Fue la noche que Alzamendi

se comió dos amarillas

por culpa de ese maldito

de Francisco Lamolina.

El canto a una institución señera como River Plate, me pareció un buen final. Pero nuevamente, García Ofri no compartió mi criterio. Mientras me agarraba de la solapa decía lleno de ira: “El fútbol no termina en la General Paz como se creen ustedes los periodistas. También tengo un romance para cada equipo del Argentino "A". Escuche, desgraciado:

A mí me gusta Aldosivi

y eso sí que es divertido.

Voy a verlo a Mar del Plata

con unos cuantos amigos.

Después vamos a la playa

y a escolasear al casino...


Intento zafarme con fuerza, pero el sujeto se encuentra completamente fuera de sí. Ya rechazó las pastillas de las 20:10, las 20:14 y las 20:20. Desde la copa de un árbol amenaza con seguir atormentándonos. “Este romance se lo escribí al Reginna, que acaba de descender a la segunda división del Fútbol Italiano:


La Luna vino a la cancha

con su polisón de nardos,

Lo viene a ver al Reginna,

la luna lo está mirando.

Y aunque se vaya al descenso

lo va a seguir alentando...


El poema no continúa. Sorpersivamente, Don Eriberto recupera la compostura y deja de insultarnos.

El amor y la comprensión brindado por los profesionales del lugar hicieron todo para contener al desesperado poeta. Un rifle cargado con dardos tranquilizantes hizo el resto.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Fiesta











Se acabó,
el sol nos dice que llegó el final,
por una noche se olvidó
que cada uno es cada cual.


Fiesta, J. M. Serrat


martes, 18 de mayo de 2010

Pongamos que hablo de Villegas




Más allá del estupor que provocan las hordas Villeguenses, no ya reclamando la inocencia de sus jóvenes sementales, sino el cambio de carátula, la comprensión por el acto, el castigo a la víctima, más allá, digo, aparece la pregunta. Cómo es. Cómo funciona. Por qué.
Alguna respuesta la da Puig en esta joyita que colgaron hace algunas horas en el blog catanpeist y que me atrevo a reiterar en este sitio.
En apenas 3 minutos y medio desfilan la flagrante descripción del ámbito, la presencia exacerbada del machismo, la división de la sociedad entre "fuertes" y "débiles". Pareciera estar hablando del episodio que sacude nuestras conciencias por estos días.
También cuenta, cualquiera que haya leído a Puig se habrá percatado de esto, cómo el cine fue de alguna manera un antídoto contra ese paisaje llano y opresivo.
Algunas décadas después, en la pujante y sojera Villegas, hay un solo cine que, hoy por hoy, no proyecta ninguna película.
La próxima vez que alguien arroje sobre tu persona un discursito acerca de cuánto mejor se vive en el interior de la República, de la condensación de valores y cualidades que conjuga la gente de "nuestro campo", contale que las cosas son algo más complejas que un caño de escape o dos bocinazos a destiempo. Y hablale de General Villegas. Parece que nada es tan sencillo.

jueves, 6 de mayo de 2010

Acerca de los inconvenientes políticos de la torpeza


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A veces veo 678. No siempre. Un poco porque sus horarios no compatibilizan de la mejor manera con los de una casa con niños pequeños. Otro poco porque hay momentos en los que me cansa.
Le reconozco y le agradezco a 678 la posibilidad de poder escuchar voces que de otra manera no tendrían lugar en la televisión argentina, el desarticular con eficacia algunos de los resortes más siniestros de los grupos concentrados de la comunicación y, por qué no, bastante afinidad política e ideológica con mi modo de ver la Argentina. Aunque esta misión que se ha autoimpuesto, este combate, debo decir, trae consigo una dosis de tosquedad y didactismo que a veces me supera.
678 es una reacción contra cierto orden de cosas en el mapa mediático, orden que pareció eterno en algún momento. Y como tal, como reacción de un pequeño contra quien hasta ayer parecía invencible, quizás no pueda evitar los excesos, la mirada gruesa y hasta la falta de humor. A veces, lo comprendo y me lo banco. A veces no. Anoche fue una de esas veces.
Ante la intresante presencia de Laclau y Halperín, Galende dio pie a un informe sobre los Martín Fierro y algunos correlatos de lunes. La segunda parte de ese informe era una grabación de Víctor Hugo (o como lo llaman en Clarín “el locutor oficialista”, ¿lo vieron?) en la que hablaba de cierta bajada de línea en APTRA para que sus afiliados no votaran a 678 como mejor programa periodístico. Parece creíble, aunque me pregunto si podemos seguir tomándonos en serio un premio otorgado por una entidad que contiene a gente como Cacho Rubio. Digo, tan en serio como para preocuparnos por algunas injusticias o intercambios.
Pero lo que disparó mi enojo fue la primera parte de ese informe. Allí se reaccionaba con estupor, indignación y enérgica condena ante algo que se dijo en el piso de CQC antes de presentar la cobertura de los Martín Fierro. Los conductores comentaban su derrota en todos los rubros en los que habían sido nominados, entre ellos, el de mejor periodista de TV, donde Clemente y Gonzalito perdieron a manos de Pedro Brieger. Y seguía el siguiente diálogo:
GONZALO: ¿Quién es Pedro Brieger? ¿Con quién se acostó?
JUAN: Pará, más respeto: es un periodista con título universitario…
GONZALO: Ah, OK: ¿Con qué jefe de cátedra se acostó?
Muchas personas entenderían que esto es un chiste. Tiene forma de chiste, lógica de chiste y, más allá de su opinable calidad humorística, persigue los fines risibles de un chiste.
Si se lo mira bien, eso que la docente locución de 678 señaló como “menos mal que Juan trató de instruir a su compañero” no es otra cosa que un pie para el remate de Gonza. Pie, remate, chiste. ¿Me siguen?
Lejos de entenderlo de esta sencilla manera, el envío despertó la indignación de los panelistas. Apenas tímidamente, Barragán arriesgó “Es un chiste”. Pero enseguida fue tapado por otra andanada de voces indignadas ante la ignorancia de Gonzalito.
Tengo algunos elementos para señalar que este diálogo era efectivamente un chiste. Uno es contundente: lo escribí yo.
Los panelistas de 678 no tienen por qué saberlo, pero la mayoría de los programas de TV tienen guionistas. Está bien que para la gente de APTRA no existan otros guionistas que los de ficción. Esto sólo evidencia su conocimiento del medio. Pero existimos. Y una de las cosas que hacen los guionistas de no ficción (además de armar informes, redactar voces en off, pensar promos, etc) es escribir los pisos de muchos de los programas que se ven. Se trata de guiones férreos en algunos ciclos. En otros, como en Caiga, son propuestas para los conductores. Estrategias para vender una nota, líneas para abordar un tema y, sí, hay que decirlo, chistes. Estos chistes son tomados por los conductores o ignorados. Cambiados, mejorados o tristemente arruinados. Pero están para eso. Y uno de esos chistes era el mentado: “¿Quién es Pedro Brieger…?" Etc.
Podría explicar que -claramente- ese chiste apuntaba a parodiar la banalidad del medio pero dejémosle esas teorizaciones autocomplacientes a la gente de Barcelona que las hace mucho mejor.
Lo que está claro es que quien propuso ese chiste tiene un gran respeto por la figura de Pedro Brieger. Que lo escucha cada sábado con atención cuando hace su columna en Marca de Radio, que lo sigue desde hace unos cuantos años con interés, que ha asisitido a algunas charlas que dio en su Facultad, y que lo considera una de las voces más informadas e interesantes del castigado paisaje periodístico argentino.
En esta dinámica 678esca que adopta a veces la lógica de un tribunal de pureza, terminó involucrada, creo que sin quererlo, gente como Jorge Halperín, quien me consta no piensa que soy un ignorante o un estúpido. O al menos esa impresión me quedó de cuando compartimos charlas y reuniones para el proyecto de EL GEN ARGENTINO. O Pablo Alabarces, quien expuesto al mismo estímulo en DURO DE DOMAR, se perdió el chiste y creyó estar ante una muestra de ignorancia de la misma persona a quien propuso poner un 10 en su tesina de grado cuando quien esto escribe andaba terminado su Licenciatura en Ciencias de la Comunicación.
Pero además de expresar mi admiración por Brieger y mi respeto por Gonzalo Rodríguez, quisiera ir más allá. Aprovechar este diminuto episodio que me involucró para reflexionar sobre ciertas formas fallidas de la comunicación K friendly. Hay estrategias que creo empiezan a hacer agua. Polarizar no está mal cuando enfrente hay un enemigo. Cuando la polarización es nuestra única forma de expresión, empieza a ser un obstáculo para construir. Si se busca algo más que el regodeo entre convencidos, sería bueno darse cuenta de que no se puede usar la misma artillería para castigar a Solanas y a Lozano que a Carrió y a Duhalde. Y que emplear el mismo tono para denunciar una operación de TN contra la Ley de Medios que para comentar un chiste del piso de CQC, parece ser más un problema que un estilo.
Como comentaba el otro día a propósito de un interesante post de Mendieta, estos son momentos de no arriesgar lo que se ha logrado en maniobras de cancha. Los tipos que están enfrente están golpeados y sólo eso puede explicar torpezas tales como el video de los niños teleprompter de Noble, pero todavía tienen la mano pesada y carecen de escrúpulos. Se viene el tiempo de acumular para crecer, de no quemar puentes con gente que el día de mañana puede estar de este lado si se vencen miserias y estrategias personalistas que existen en ambas orillas. En estos tiempos, creo, para nosotros debiera estar prohibido ser boludo (más allá de la ingeniosa canción de Barragán). Y confundir un chiste con un ataque parece transgredir esa prohibición. Se asemeja más bien al discurso psicópata que pretende ver ataques a la prensa por todos lados, y para el que vale lo mismo una patota arrojando sillas en la presentación de un libro que si le trajeron el café frío a Bonelli.
Espero que Pedro Brieger no haya sentido miedo por ese chiste. Ni que le haya traído problemas maritales, claro. En cualquiera de los dos casos, aquí estará quien esto escribe para atestiguar lo que haga falta.

lunes, 26 de abril de 2010

Adiós, muñeca


No sé cuánto hace que la vi por primera vez. Fue en alguna revista de los 90. Acompañada de algún epígrafe tonto. A la segunda o tercera vez, me aprendí su nombre. ¿Quién era esa mujer de cabello largo, oscuro, que sonreía en las publicidades de Loreal? ¿Quién la dueña de ese rostro anguloso pero sugestivo, esos labios delgados y perfectos? Y esos ojos profundos, ¿No prometían algo más que un futuro de marido empresario, polista, evasor impositivo?
Me gustaba su perfil bajo, su ausencia en cualquier batalla que implicara a modelos, vedetongas, felinos o bailarinas de certamen grasiento.
Supe que estudiaba teatro, y que lo hacía en el mismo lugar que una compañera de trabajo. Esa fue la mayor aproximación entre mi universo de oscuro escribidor y el de ella, seguramente radiante y promisorio.
La nuestra fue una de esas afinidades que poco tienen ver con lo sexual, aunque quién soy yo para excluirlo si ella llegara a insistir. Fue una de esas fidelidades mediatizadas que los amigos de uno conocen y hasta respetan. Mirá, una foto de tu novia, me han llegado a decir algunos, en confianza, comprendiendo o tal vez padeciéndome.
Y hasta llegó a ser tema de conversación con mi pareja. Lejos de cualquier comentario al paso sobre los atributos físicos de otra artista, colega, amiga o transeúnte, siempre fui honesto en cuanto al vínculo que me unía a la bella modelo. La madre de mis hijos siempre supo que aquel improbable día en que ella golpeara a la puerta decidida por fin a llevarme consigo, no habría lugar para reproches. Que me iría con lo puesto sin derecho alguno al escándalo o a preguntas incómodas.
No voy a negar que últimamente el vínculo fue perdiendo intensidad. Que empezaba a notarle una extrema corrección que me inquietaba. Que si bien apoyé su incursión en el mundo de la entrevista aburrida de cable, solían disgustarme sus invitados. Sin embargo, quién era yo para criticarle sus amistades. Seguía buscándola en el zapping de la trasnoche cada tanto, deteniéndome en la belleza de su rostro, inalterable a pesar del tiempo, a pesar de estar más grande, al punto de tener ya casi mi edad.
Pero un día se encendieron las alarmas. Sus invitados pasaban de intrascendentes a molestos. En ese estudio penumbroso y soporífero comenzaron a sucederse los más altos exponentes del pensamiento republicano, dialoguista, gorilón y neo facho.
Y ella, a quien admiré tanto que casi voy al cine a ver una de Subiela para apreciar su rostro en dimensiones gigantográficas, ella, le regalaba sus miradas de fascinación a tipos de la calaña de Marcos Aguinis o Santiago Kovadloff. Si ella admiraba a esos filósofos de señoras tilingas de barrio Norte, tal vez se estuviera convirtiendo en una de ellas, pensé en una noche de insomnio.
Traté de olvidar el episodio, pero una triste madrugada de jueves sucedió algo espantoso. Ahora, esos ojos con los que alguna vez soñé, seducían hasta los límites de lo inapropiado a la señora Pilar Rahola. Por si tienen la suerte de no conocerla, es una periodista española que puede decir que es de izquierda y que hay que pasar a todos los musulmanes del mundo por una picadora de carne oxidada en una misma frase. Una señora que bajo el poncho de la modernidad esconde los puñales más reaccionarios, y que es capaz de llamarte antisemita si no te encanta que un misil israelí caiga sobre la cuna de un bebé palestino.
Supe entonces que las cosas no andaban bien. Y que estos tiempos de bipolaridad salvaje nos habían arrojado en bandos opuestos. Que si ella me conociera ya no pensaría que soy feo o aburrido, sino un integrante de una banda de blogueros paraestatales, un adalid de la crispación, un manifestante rentado, alguien que se quedó en los 70, un prisionero del odio, un neo montonero, un zurdito, en fin, un peligro para la democracia.
El golpe fue duro y estaba tratando de elaborar el duelo en silencio, sin comentarlo casi con nadie. Pero esta vez fuiste demasiado lejos. El sábado leí que estuviste en la Feria del Libro haciéndole un reportaje público a Hilda Molina. Todo bien. Pero, ¿había necesidad de que cuando parte del público repudiara su presencia dijeras esa frase? ¿Hacía falta desbarrancarse tan dolorosamente por el abismo de la estupidez? ¿Tenías que decir "Por qué no se van a vivir a Cuba"?
Chau, Mariana Arias. Lo nuestro terminó, aunque vos nunca te hayas enterado de que había empezado. Final. ¿Te pido un taxi?

jueves, 22 de abril de 2010

Aprendiz




Podría decirse que tuve aptitudes desde chico. Algunos relatos familiares lo atestiguan. Situaciones que jamás he podido recordar del todo. Fenómenos de cierto prodigio. Magia sin trucos.

Lo primero que puedo evocar es aquel cumpleaños en el que para combatir la angustia que siempre me despertó esa cruel metáfora del futuro que es el juego de las sillas, obré el milagro de convertir la Coca en Pepsi. Eso fue lo que algunos amiguitos expertos catadores de gaseosa descubrieron, aunque yo, se ve que en una tarde inspirada, procedí inmediatamente después a la multiplicación de las papas fritas.

La denuncia de un adulto llegó a los oídos del Hermano Antonio, quien a los pocos días mandó llamar a mis padres. Me los acuerdo saliendo de la Dirección con los ojos brillosos y las manos cargadas de folletos.

Después vino el viaje a Roma y la entrevista con el Papa. Siempre me causó mucha gracia esa gente que empieza a contarnos su vida desde aquel día que vio pasar al Papa por una cinta transportadora, detrás de una valla de seguridad, amenazados por un par de soldaditos de cotillón, apretujados por otro centenar de turistas que intentan una foto para el escritorio de la oficina. Yo, en cambio, tenía 8 años cuando cené con él. Cuando lo sorprendí descalzándose por debajo de la santa mesa y hasta percibí el efecto enrojecedor que ejerce la tercera copa de tinto sobre su cara de morsa. Me pareció un tipo casi normal de no haber sido por ese problemita de que se le andaban mezclando los idiomas.

En su momento, todo aquello me parecía divertido. Pero la carrera que se iniciaba implicaba una serie de esfuerzos lógicamente sobrehumanos.

Al principio fue la teoría. La memoria es un bien fundamental para el cargo solicitado y puedo jactarme de tenerla. Se empieza por lo más obvio, es decir la memorización de los textos bíblicos: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio... Es arduo. Con Josué la cosa levanta un poco. Aparece cierta estructura dramática que hace todo un poco más digerible. Los dos libros de Samuel, los dos de los Reyes, los dos de las Crónicas, los de los Macabeos. Haber aprendido los Proverbios al pie de la letra me dio cierta facilidad para el aforismo que bien pude haber utilizado en el comentario de partidos de fútbol o la redacción de invitaciones de casamiento, pero se nos prohíbe lucrar con estas cosas. Sabido es el caso de alumnos expulsados por asistir a programas de preguntas y respuestas.

El Nuevo testamento parece más sencillo, pero hay que conocer mucho para no mezclarse las versiones de Mateo con la de Marcos o la de Lucas con la de Juan. Después de los Hechos, todo deviene epistolar. Hoy parece increíble que algún editor se digne a publicar algo como la “Carta a Tito”. Pero quien puede lo más puede lo menos y esta gente tenía sus contactos. Tanto como para convertir en éxito un libro que carece por completo del consabido final feliz. No sé si le echaron una ojeada al Apocalipsis.

Sin embargo, aquello era sólo el comienzo. Cuando uno ya cree que sabe demasiado se da cuenta de que apenas se aprendió el manual de la empresa. Después hay que empezar a estudiarlo todo. Y no se trata de una forma de decir. Todo es “todo”: la historia de los países, de las ciudades, de los pueblos, de las calles, de los clubes de barrio... Y les aseguro que no alcanza. Hay que convertirse en un experto zoólogo aunque desde un punto de vista práctico, digamos: ¿cómo funciona un conejo? Y hay que saberlo bien porque después vienen los ejercicios y uno tiene que hacer su propio conejo. ¿Tengo que aclararles que no hay margen de error posible? Nadie vio jamás un oso con corazón de tortuga.

Es aquí donde abandonan muchos. Gente a la que le cuesta estudiar. Tipos talentosos que caminan sobre el agua como si tal cosa pero que no consiguen concentrarse. Reconozco que en un primer momento me quejaba pero con el tiempo fui entendiendo que es un buen modo de ir seleccionando.

Tras la etapa de almacenamiento de datos viene el momento de la comprensión. Maratónicos seminarios donde he visto compañeros golpear sus cabezas de aspirantes contra paredes prudentemente acolchadas. No diré que es fácil entender el embarazo de una chica virgen, pero por favor, tengamos en cuenta que estamos hablando de alguien que creó las corrientes oceánicas, la música, los egipcios y el fitoplancton. Ahora, si me preguntan por el rol de José la cosa es más complicada.

De todas maneras, la verdadera historia empieza a la hora de “hacer” cosas. Y yo voy por ahí. No me gustaría presumir. Manejo algunos milagros menores: he confeccionado algunos insectos respetables, adivino ciertos resultados del fútbol del ascenso, curo picaduras de mosquitos y hasta puedo convertirme en zarza ardiente aunque me cuesta bastante volver a mi forma habitual y me queda el cuerpo lleno de bichos.

Si me estuviese permitido, creo que a veces dudaría.

No es sencillo asumir que uno se irá quedando solo. Mientras preparaba el trabajo práctico de “las siete plagas” se me llenó la cocina de langostas. Fue la última vez que vi a mi mujer. El celibato debe ser un destino ineludible para todos nosotros. Por otra parte, los contratiempos económicos son constantes. Un colega quebró cuando el consorcio lo obligó a afrontar los arreglos que hubo que hacer en su edificio después de haber hecho llover cuarenta días en un departamento de dos ambientes. Vamos a decirlo: es una carrera cara.

Es por todo esto que vamos quedando cada vez menos. Tendrá que ver con la obsesión monoteísta de las autoridades, supongo.

Se encuentra también el estudiante inescrupuloso que se conforma con poderes parciales. Siempre se cuenta la historia de un tal Gutiérrez que llegó a aprobar “Génesis III” y abandonó todo al darse cuenta de que era capaz de crearse sus propias amiguitas con sólo adquirir unas costillas de lo que fuere en la carnicería más cercana.

Contra tantos obstáculos, a veces me impulsa simplemente la sospecha de que un abandono en tan religioso contexto sería acompañado por el más abominable de los sentimientos de culpa.

Calculo que será cuestión de quince o veinte años más. No es mucho si se tiene en cuenta que para entonces tendré aprobado el seminario obligatorio “Vida eterna”.

Se dice que hay algunas materias que todavía nadie alcanzó a rendir. Se comenta que el final de “Ubicuidad I” debe darse en dos mesas a la vez. Me pregunto si alguno de nosotros llegará o si tendrán que empezar a buscar de nuevo.

En este cuarto oscuro hay paredes despintadas y con olor a tabaco acumulado por meses. Me siento delante de una palangana con agua y preparo mi parcial de “Éxodo”. Y aunque mi pequeño Mar Rojo parece no querer abrirse ni con un abrelatas yo me tengo fe. Sospecho que es un buen comienzo.